Donde mueren los icebergs

Me convierto en azul plomizo y dejo que ese color corra por mis venas, que se introduzca en mis pulmones con toda su liviana contundencia. Frío acogedor que me hace sentir más amplia, algo dentro de mi vuela libre como un pájaro. Me siento alada a pesar de estar sentada en la orilla. Suelo negro, agreste, vestigio de la furia antigua del fuego. Fuerza contenida, latente bajo el hielo.

Tengo los ojos llenos de silencio y de mar. Quietud distinta a la de la noche en la ciudad. Aquí, el velo del silencio susurra al oído historias, como si el alma del mundo se sentara a tu lado. En ese lugar sé que el tiempo se detuvo. Una especie de dejá vu se apoderó de mí al sentir cómo mi respiración, lenta y profunda, se entrelazaba con ese aire cristalino y antiguo que me rodeaba. Casi recordar, casi recuperar eso que sabes desde siempre. Algo visceral se remueve por dentro, algo ancestral que aún nos queda en el poso del alma.

Entonces ocurre: cruje el hielo, magia. Es mucho más que un eco de agua desgarrándose, es un sonido del que no estás seguro de haber escuchado y sin embargo, llega a cada rincón de tu cuerpo haciéndote estremecer.

Una parte de mí se quedó anclada allí, a miles de kilómetros, en ese tiempo congelado. Un sortilegio que no puedo explicar, o tal vez fueran los duendes que pueblan esas tierras, los que me dieran el regalo de volver allí cuando yo quisiera. Solo tengo que cerrar los ojos y escuchar atenta el silencio ensordecedor. Transportarme en unos pocos latidos y volver al lugar donde mueren los icebergs.

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