Serpientes

Serpientes

Se retuerce por dentro mi bestia primigenia. Esa, que va derecha a tu cuello.
Lamer tus chakras, para limpiar los míos.
Aliento cálido, sofocante, lascivo y femenino.
Manos fuertes, agotadoras, ansiosas y masculinas.
Como el yin y el yan, confundiéndonos en una espiral de frío y calor, de húmeda sequedad, de dulzor y amargor, junto con la delicadeza y la rudeza del placer.
Volver a la naturaleza más primitiva de la levedad del ser y convertirnos en serpientes enredadas.

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La Torre de Babel

Hoy, quiero compartir un relato breve que terminé hace unos meses, pero que tenía como borrador desde hace unos dos años.

A este texto le tengo un cariño especial.

Espero que os guste:

La Torre de Babel

El lugar del tesoro ya no se marca con una “X”, sino que puede ser una puerta cualquiera, en el barrio antiguo de la ciudad.
No recuerdo las coordenadas exactas, pero es una habitación situada justo entre el piso de arriba y el de abajo. Sus techos altos, de escayola floreada. Es el jardín de las delicias.
Desde las ventanas se ve la calle detenida, como cristalizada por el frío del invierno.
En el interior, calor y guerra de ideas que giran en remolino sobre nuestras cabezas. Batalla ideológica sin ningún ganador ni vencido. Pacífica explosión creativa de palabras y acentos.
Según dicen, un Dios vengativo dio al hombre las lenguas para confundirlo y castigarlo así, por su soberbia, al intentar construir una torre que llegara hasta él. Lejos de su propósito, sólo consiguió darle alas al espíritu humano y que éste ya no necesitara de altas torres para llegar hasta su esencia, pues todo el universo estaba ahora en su don creativo.
Ir y venir de personas que se encuentran y se influyen, sin tan siquiera sospecharlo. Sentir cómo esa vida fluye, igual que si fuera agua, impregnando de colores invisibles cada pared y cada baldosa, empapando hasta los cimientos.
Un diminuto punto de originalidad dentro de un universo uniformado en cemento.
Y mientras, nosotros rodeados de conversaciones y ni siquiera nos hablamos. Qué ironía.
Sólo miradas cruzadas. Curiosidad, de pupila a pupila. Lenguaje que parece escrito a partir del Morse de nuestros pestañeos. Tal vez, aquella noche inventamos un nuevo idioma, en la Torre de Babel.

Va de gatos

Va de gatos…

Esa necesidad de irte a veces, solo a un rincón… Como un gato.
Desaparecer al mundo exterior y quedarte en un paraíso de ronroneos. Hay cosas que sólo se quieren para uno mismo.
Lamerse las heridas y regocijarse en esa masoquista sensación de escozor y placer a partes iguales, como si rascáramos la picadura de un mosquito.
Digerir el dolor o vomitarlo, como si fuera una bola de pelo. Luego, dormir plácidamente para despertar con un nuevo brillo en los ojos.
A muchos les inquieta la mirada del gato. No entienden que el felino. No mira con desprecio o malicia, tan solo es la expresión que resulta  de saber que se lleva ventaja, de alguien que sabe que va a ganar o que al menos, hará todo lo posible para conseguirlo. Lo único que pueden perder es una de sus siete vidas.
La curiosidad mato al gato o si no, lo hizo más sabio.
A la vida le digo MIAU!

Ella

Os presento un microrrelato que escribí hace algún tiempo.

Muchos de los que me conocen ya lo han leído o incluso, lo han escuchado en la versión radiofónica que el programa Extra Fantástica de Radio3 hizo de él.

Os dejo en enlace a la susodicha versión por si la quereis escuchar:

Quería empezar el blog con una de las primeras cosas terminadas que he hecho en mucho mucho tiempo…. he pensado que sería un buen comienzo.

Ahí va:

Ella

Amigo, nunca te fíes de una mujer de labios rojos. Lo único que conseguirás es que te marque con sus besos como si fueras una copa de vino.
Una vez me enamoré de una de esas. Cuando me dejó, no podía creerlo. Dijo que ya no sentía lo mismo por mí.
Llegué a pensar que ese carmín era su color real de labios, o que de tanto beber tinto se le habían puesto de ese color. Justo eso bebíamos cuando me dejó. Intenso y sensual, como ella. Demonio que bebía vino y a cada sorbo, parecía beberse mi sangre.
Cuando se marchó, su copa estaba marcada de rojo. Me sentí como ese cristal: solo, marcado y necesitando de nuevo, el calor de su boca.”